domingo, 23 de diciembre de 2012

De La desobediencia de los significados: La mañana: Cap.: 1


1. Agustina y el revisor del tren

Agustina del Amanecer nunca ha visto el tren, aquel -y ninguno- que puso un ministro y a cuya inauguración por cierto no llegó porque ya no lo era, y que quitó años después un Gobernador Civil aficionado a las perdices, a los negocios y por supuesto a la justicia y al orden con una incorregible inclinación a confundir una y otro y a instigar su ejercicio implacable y ciego en las personas que recibían sus órdenes y sus consejos. Aquel que tanto le gustaba a Rubén y que por su contemplación mentía antes de marcharse -tan niño como era- al fondo del mar, seguramente el mismo día en el que también lo hizo el poeta al que un pez vivo le comió el pesquis. Aquél en el que venía y se iba, antes de desaparecer, el juez de la simetría durante la temporada en la que empezó a preguntar por algunos muertos del pueblo al cabo de la Guardia Civil, antes también de que el mando benemérito se zambullera trágicamente desde una ventana de su Cuartel en el opulento mar de los pobres, ese mar desobediente a su manera, sabroso, de creación lenta y silencioso. Aquél sobre cuyas vías no despertó a tiempo...este... ¡en fin! ya me acordaré de su nombre, mientras lo esperaba para doblar los hierros que de vez en cuando llevaba a su robusta dentadura para trazar sus inventos. Ese día, dormido o traspuesto, imaginaba, con la fuerte realidad que imprime el deseo, mujeres hermosas y en cueros que es como más le gustaba imaginarlas porque es como más gustan. Estricta imaginación inguinal. Más que el tren lo atropellaron sus sueños. Aquél que tanto vio y tantos vieron, menos Agustina. Aquél que no es otro tren que ninguno, seguramente. Aquél que es éste, del que vamos a hablar antes de que se lo lleven después del último diciembre.


Agustina del Amanecer nunca ha visto el tren. Agustina del Amanecer nunca ha visto el tren porque siempre fue una niña con mal color de cara,  quejosa, a la que sus padres preservaban de la calle para evitar tentar a los virus de otros niños, si bien a este angelito no le tiraba mucho el reclamo tan alborotado del juego callejero. La palidez le cruzaba la cara de oreja a oreja y le empujaba para los adentros. Para los de su corazón latiente. Para los de su casa interminable. A Agustina del Amanecer no le ha gustado nunca salir a la calle. “Dilo Agustina”
Venida a mocita seguía cruzando patios y azoteas entre geranios y enredaderas sin oler más flores que las que abrían en las macetas y arriates de su casa, topándose a diario incontables veces con su sombra fragmentada. La vergüenza era su guardián y la calle -longaniza interminable que ata el paladar de todos los zaguanes-, si se paraba a pensarlo, un mal trago y un mal bocado que siempre evitaba. “Esa niña que no sale, que no pisa la calle, ¡que no la pisan!”.
¡Cuántas tardes ha estado la calle sin Agustina! La cuerda de la comba que azotaba en perfecta elipse la tierra, a coro las niñas “A dónde vas culona con tanto culo...” teniendo que aguantar a veces la valentía pueril de un intruso que empujaba a la saltarina o robaba la cuerda. El grupo de chiquillos lo esperaba jaleador y expectante para felicitarlo. “Por poco te echa el guante Marieste”.
¡Cuántos días aquella Agustina en la sala de estar entretenida con las musarañas, desde donde escuchaba el griterío sin atreverse a más! ¡Cuántas lunas llenas -de tierra- se perdió sobre la cal blanca de las paredes, cuando los balones polvorientos y jubilosos iban y venían incontrolados a estrellarse contra aquellos  pequeños cielos enjalbegados, tan esmeradamente cuidados, como cometas juguetones sin cola, todavía!

¡Cuántos momentos, Agustina, sin estar tú! ¡Cuántos días sin que nadie te esperara fuera, en la calle! No contabas. Sólo te alimentabas de cuentos, que sí que alimentan, pero que no te dejan en la piel ni tan siquiera una pobre cicatriz. Tu abuela te los leía y te los contaba porque también a ella la defendían de la soledad, por eso quería que te quedaras, porque en la calle  -te decía- no hay más que demonios.
El mal color de cara se le cayó un día por el sumidero del patio grande mientras regaba las macetas y le vino de pronto a la piel los colores saludables y las carnes precisas a su armazón de pollo de perdiz. Se convirtió en una mujer con más sombra.
- Ayer oí decir a mi madre que había visto a Agustina y que había desarrollado una barbaridad.
- ¿En la calle?
- No, en su casa.
Entonces que sus carnes la delataran, y que sus movimientos y posturas arremetieran contra la inocencia que aún le goteaba, queda su intención, siguió con su media clausura, sin que se le advirtiese razón clara, ni fuerte ni débil, o enfermiza para ello. Obediente su miedo. Deslenguada su alegría. Agustina del Amanecer quería vivir así, andando remolona detrás de la vida. Le gustaba la gente, romper despacio la corteza elástica de la confianza. Comer del sabroso y denso amarillo que encontramos debajo, como si fueran natillas. “Se acabaron los cuentos” “Eso lo veremos” “La vida es un cuento real que alguien nos cuenta con exactitud esclavizadora para inmediatamente después obligarnos a vivirlo”. Ella lo sabía, igual que sabía que no podía hacer nada por cambiar esas cosas porque no se atrevería. Quizás no le importara que cambiasen. ¿Para qué desobedecer entonces?

¡Ay la calle! La calle para ella era muy ancha, era más bien un más allá, tan cercano como cierto,  que para ir a él nunca se sentía preparada. Cuanto más allá más acá. Cuanto más acá más allá. Siempre que salía a la calle se quedaba sin suelo para poner los pies, y estos se le hundían hacia un fondo infinito que no veía pero que allí estaba apoderándose de ella, tragándosela desde las plantas de los pies hasta la flor roja de sus labios. “¡Uy que cosa me entra!”, decía para sí, y corría hasta la puerta de su casa y a veces sin detenerse se adentraba hasta alguna apartada habitación, respiraba oscuridad y comenzaba de nuevo a sentir que tenía los pies en el suelo, que le tarareaba el corazón. Que tenía manos para tocar y hacer muchas cosas y que tenía risa suficiente para vivir mucho tiempo. Observaba el brillo, asfixiado por la penumbra, de las losas rojas del suelo, y así que resolvía rápidamente un no se qué  en su cabeza -caprichosa Agustina- volvía a salir al campo abierto  de la sala de estar, incontroladamente servil, y la emprendía a bromas con el primero que encontraba por allí.
- Déjame Agustina.
- Deja a la abuela, Agustina. Bien podías irte un ratito a la plaza con tu hermana, hija.
El sumidero se tragó su color pajizo -menos mal- y además le trajo a vuelta de suceso el milagro de la risa para rociar de humor verdadero los vientos salobres de su existencia. Los pechos apretados, vamos, todas las carnes, y algo sobradas, es cierto. La calle era lo único que quebraba el ánimo de esta chiquilla amujerada. María del Oeste, su hermana, era igual de chiquilla que ella, tan sólo se llevaban once meses, pero no  tan mujer. María del Oeste era frágil como un atardecer de invierno, de carnes enjutas y mirada de alfiler.
- Qué ojos tan bonitos tiene mi Marieste.

Agustina guarda entre las palabras sus lindas manos.
María del Oeste jugaba incansablemente, con niñas, con niños, sola. Le gustaba la calle. En los juegos era la que más corría, y más que muchos niños. Corría tanto porque tenía bicicletas en el vientre. El timbre en la garganta. La cara de María del Oeste era graciosa. Cuando de niña se tiene la cara graciosa, de joven se es guapa, y así ocurrió con esta criatura que de haberle acompañado algo más las carnes hubiese sido una mujer de banderas. “Es poquita cosa pero muy guapa”. “Tiene las mismas hechuras que su abuela Carmen”. María del Oeste es elegante como una cinga* nadando sobre el agua de una charca transparente.
Agustina del Amanecer es voz y risa, suelta las palabras con agilidad, y sabe decir y callar como una mujer cabal y ocurrente. Es madre de sus cinco sobrinos. En especial, madre de uno a su manera, por eso dicen cosas de ella, que las tapa con celo, dicen, porque dicen que sí que sucedieron. No ha pisado el altar. Todo el que sube al altar puede caerse. No es esposa de nadie. Es una vecina que casi todos buscan, que disculpa siempre los tonos estridentes del roce cotidiano y desempolva las sensaciones muertas, a veces dormidas, para
*Culebra de agua


echarlas a andar de piel en piel y de corazón en corazón para emoción y
recuerdo de todos. Los vecinos deben ser amigos o hipócritas, de lo contrario habremos puesto al rescoldo huevos de serpiente.
Agustina del Amanecer tiene una risa que gusta, capaz de llevarse el ánimo de cualquiera trotando tras de sí hasta dejarlo desmayado de alegría en algún repecho. A Agustina le gusta hablar y reír con la gente, y tiene una risa muy contagiosa que es lo que más gusta.

-Ayer estuve con Agustina. ¡Lo que nos pudimos reír!
El día que el mal color de cara le dijo adiós por el sumidero, su barriga sintió un frío repentino que desapareció de inmediato después de hacerle el hueco del hambre. Fue la rareza del adviento de su alegría interminable, ya en lucha para siempre con el ancla perversa de su timidez inexplicable. La gente quiere hablar con Agustina del Amanecer, contarle cosillas, secretos, y pedirle ¡que sí! algún consejo. Parece que quien no participa en la vida como actor, no pueda hacerlo como confidente, porque el peligro -se piensa- está en la lengua y no en los oídos, pero los que así piensan yerran, porque saber también equivale a vivir y por tanto, a actuar. Lo cierto es que Agustina del Amanecer rezuma confianza.
-No digas nada mujer, por lo que más quieras... Mi sobrina Carmen, la de mi hermano José, está en estado.
-Pues a casarla y ya está -resuelve Agustina sin dudarlo.
-¿Y con quién Agustina, y con quién?

Durante estos años nadie ha visto a Agustina del Amanecer  con chapetas postizas porque dice estar bien así, mejor así, como es, sin besos redondos y colorados en las mejillas -empolvarse es de judas- ni adobo carmín en los boquerones de sus labios. Su cara ha enseñado siempre, desde que se le marchó la palidez al mar, un gracioso sonrojo que nunca aprovechó para alimentar alguna débil oportunidad que merodeó su zaguán detrás de sus carnes y su risa contagiosa. Pero que no, a su cara le bastó con el agua, claro. Ha vivido sin sombras alrededor de la claridad de sus ojos y con las terminaciones de los dedos de sus manos sin color alguno que morderse. Siempre portó el buen genio de los colores en su semblante menos en aquella larga temporada que anduvo enferma hace muchos años, en la que volvió a estar pálida como una jesuitina, como cuando era niña con su abuela hermosamente extraña de aluminio caliente y porcelana desconchada. Unas veces huele a pan y otras a polvos de talco y otras a cualquier grato recuerdo pero siempre son olores limpios, netos y definidos, sin mezclas que agüen la fiesta de los sentidos provocando que echemos la cara para otro lado o que tengamos que resistir por educación el envite de lo desagradable. Agustina del Amanecer huele a cosas enteras e individuales. Ya metida en el callejón que desemboca en los cincuenta y sin poder salir, se le ha derramado en la cabeza un brasero de picón extinto.
Agustina del Amanecer es soltera como la luna, más soltera que la luna con esa carita redonda vestida de blanco. Para casarse hay que perder el miedo y quizás a veces la vergüenza a la calle, a los gestos, a decir y a oír algunas palabras. Para más cosas. Cuando de mocita se atrevió alguna vez a salir de su casa lo hizo en días y horas impropios, y más bien acompañada que un alcalde. Esas contadas aventuras duraban lo que una tormenta en verano. Ser libres nos exige ser desobedientes.
-Mamá vámonos ya, decía Agustina.
Su madre sentía el brazo de Agustina temblar agarrado al suyo. Así se le fueron yendo los años de las amapolas en las mejillas y las granadas sangrientas en la desembocadura del bajo vientre, sin dar ocasión clara a ninguna boca enamorada para que le pudiera decir alguna tontería, torpemente adornada, por la que siempre empieza todo:
-Eres bonita como un tomate pintón a través de las redondas lupas del rocío. La belleza es un antojo que casi siempre pasa.
-Hasta cuando te santiguas al entrar a la iglesia miro tus manos. Después lo hago yo otra vez para borrar con el agua bendita el pecado venial que han cometido mis ojos observándote.
“Mortal”. “Anda y calla. Qué glotona es la moral”. ¡Sus manos siempre sus manos! Agustina ni creó ocasiones ni alentó oportunidades para amoríos. El miedo o la vergüenza se comían sus palabras,  nunca sabremos si también sus sentimientos. Los muchachos más lanzados se quedaron esperando todas las veces la limosna de una simple mirada. Tampoco se le acercaron muchos. “Pero Agustina, ¿cuántas veces estuviste sola en la calle?”.
A salvo de los hombres -que sepamos por ahora-,  con el martillo reproductor sin dar golpe, por patios y azoteas recién fregados, entre macetas húmedas, de costura en costura y a carcajada limpia, Agustina engordó y se hizo muy mayor para acoplarse. Su soltería nunca le pesó y poca gente cree que tuviera que ver en su estado lo que dijeron de ella, porque cuando los secretos se hacen cotidianos, de todos parece que lo que esconden nunca haya sucedido. Pero ¿de verdad lo creen? Cuando un secreto se rompe deja mancha como la deja la clara del huevo por transparente que sea.
Tan soltera y tan indefensa y tímida bajo el sol de la calle -la noche nunca existió sino de puertas para adentro-, Agustina sólo entretuvo su piel y su pulso con el joven revisor del Calamar de la noche. Un tren expreso procedente de su miedo a vivir sin compartimentos. El fresco verde de patios y azoteas, tus pies mojados. El hiriente blanco de la pared, dientes y retina. El gris oscuro, ciego y terapéutico de las habitaciones más discretas de la casa, tu ángel de la guarda. El espeso plata de la luz que mueve los naranjos amargos -puntuales relojes de la primavera- con su penetrante azahar ¡ay dios mío! por el imparable tobogán de los sentidos, tu fantasma.
Agustina del Amanecer está más soltera que la luna pero no sola. Su única sangre paralela, su única hermana, su María del Oeste, su Marieste, que es con la que vive -tuvo otra y se murió con la luna de miel en los labios- le ha dado cinco sobrinos y un marido postizo y de mentirijilla, muy aparente para todo pero que sólo puede llegar en las funciones que presta hasta la puerta arrugada de sus faldas, como es natural. Por mucho que se diga, que algunos dicen que lo dicen, el préstamo, el marido prestado  -pobre andorrero sin norte- Agustina lo devuelve siempre en la puerta tersa del único compartimento del Calamar de la noche. Quizás alguna vez contemplaran juntos un amanecer por la ventanilla. Pero eso sí, este falso marido estuvo  toda la vida enamorado de sus manos, porque Agustina del Amanecer, de joven, antes de estar tan gorda y tan soltera, tuvo manos de Virgen de Murillo, resucitadas venían de un lienzo que alguien pintó muchas veces con la mirada solamente. Su cuñado, de joven, antes de ser su cuñado, antes de que le mandaran tanto, es verdad, le hablaba al corazón de su hermana, pero un poco también a las manos de ella. Al corazón de Marieste pero Marieste se daba cuenta de que en los descuidos cómico-cardíacos desviaba algún piropo a las manos de Agustina del Amanecer.
Su cuñado, antes de serlo y ser tan correveidile -seguro que podría confesarlo si se atreviera- rondaba a una mujer cuyas manos pertenecían a otra. Cuando alguna vez estuvo en el portal de la casa con las dos -esos días en los que no había nada que pelar-, acariciando las manos de su verdadera novia pero deseando besar sus manos verdaderas que eran las de su hermana, y allí se hacía el feliz bajo la tentadora luz amarilla del zaguán que hacía cómplices a los tres, se le escuchaba decir porque se le escapaba de la boca como una baba incontrolada, refleja:
 - ¡Qué manos tan bonitas tienes!
Agustina del Amanecer creía que lo decía por su hermana y se ponía contenta, pero su hermana sabía que lo decía por su hermana y se ponía contenta también. El novio y cuñado futuro complacía a dos mujeres a la vez  con las mismas palabras, sin tener que repetírselas a ambas, y así alimentaba dos corazones, incluido el suyo, con el amor económico que su timidez y su deseo furtivo aleaban. Del corazón a las manos. El amor a través de la anatomía. Respira, respira, respira. No hay amor si no hay saliva.
- ¡Cómo te quiere! -decía Agustina del Amanecer cuando despedían al enamorado.
- Es bueno -contestaba María del Oeste.
Agustina del Amanecer es ingenua como un pez que después de ver la punta metálica e irreversible del desengaño, pica y vuelve a picar, y se traga el cebo a continuación sin pestañear, atraído por la suculenta normalidad tras de la cual se esconde con evidencia el peligro. No puede resistirse a los destellos. La boca se le hace agua debajo del agua. La vida está llena de cebos apetitosos para Agustina del Amanecer, su fiel ingenuidad y su inquebrantable curiosidad por vivir lo que no se atreve a vivir, hacen que los muerda una y otra vez, tantas cuantas veces se estrella en la pared falsa de la apariencia, donde tanto viene como una menestra multicolor de mil sabores a que se le paren las tripas de indigestión. El cerco a su mundo alborotado y raro brota desde el mismo atril de su voluntad, sin ser fruto de la voluntad todavía, que la salpica de arriba abajo como el sudor refrigerante a un botijo de barro.
- ¡Ay Rubén! Cuánto y qué poco te pareces a ella.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bajo el arco iris

No pudimos pasar por debajo del arco iris. Los cristales del agua son así. Solo en la distancia se percibe el resultado de descomponer la luz del sol. La magia natural que no sabemos quién inventó.