domingo, 17 de julio de 2016

GRASA. Primera parte: Ellas y ellos (I)


GRASA
PRIMERA PARTE: Ellas y ellos

Cosa de niños
La noche en la que corrió a la cama de su criatura alarmada por los extraños gritos del niño y se sentó a su lado para consolarlo de una crisis  —sería seguramente— de terror infantil creyó que no era más que un trámite doméstico y maternal, esporádico como todos los miedos nocturnos de tantos niños. No fue completamente consciente de que en aquel momento comenzaba —¿o fue antes?— uno de los episodios más repetidos y a la vez más inciertos de su vida, consecuencia fantástica de todas las guerrillas vitales que la marcaron en el amor, con lo que de feliz tuvieron y con lo que, digámoslo todo, tuvieron de amargas. En la penumbra de la habitación ganaban los oscuros sobre los claros. Ya dentro se escuchó de su boca:
-        Ya está, tonto. Aquí está mamá. ¿Qué te pasa?
El niño se había sentado en la cama después de gritar reclamando a su madre. Estaba como perdido. Según la pesadilla aquella cama se había caído al vacío para aparecer instantes después en una sala muy grande en la que había un hombre sentado de espaldas frente a una chimenea encendida. No se le veía ni las manos ni los pies ni, por supuesto, el rostro. La madre le preguntó un par de cosas, más que nada con la intención de tranquilizarle pero el niño no contestó y volvió a quedarse dormido en sus brazos. Cuando ella sopesó la dureza del sueño y estuvo segura de que el niño descansaba otra vez a merced de la imparcialidad de la noche lo dejó caer sobre la almohada de presunciones, sonrió y le dio un beso en la mejilla mientras lo contemplaba felizmente segura de que nunca más los volverían a separar. Segura de que la piel calentita que rozaron sus labios, irradiada por el miedo, era tan cierta como la suya; tan cierto aquel como su propio miedo.